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El Horno Maldito

Libro Almanaque 1984

Era un sábado y en aquella aldea los sábados se acostumbraba hornear el pan para toda la semana. Precisamente Filomena estaba amasándolo cuando alguien tocó a su puerta. Al abrir, se encontró con una anciana harapienta que le dijo:

-¿Podría darme, por el amor de Dios, un pedazo de masa? Si me la da y me deja meterla un poco en el horno, Dios le bendecirá, hija mía.

Filomena hizo pasar a la anciana a la cocina, tomó un pedazo de masa y lo metió al horno. De inmediato la masa empezó a crecer y creció tanto que formó un pan enorme, tan grande como la boca del horno.

-Es demasiado para dárselo a una vieja pordiosera -dijo Filomena para sus adentros.

Y tomando con dos dedos un pedacito de masa, lo metió en el horno. Pero salió un pan más grande todavía que el anterior, hasta el punto de que sólo con gran esfuerzo pudo Filomena sacarlo del horno.

-Sería una lástima dárselo a esa vieja -volvió a pensar Filomena.

Tomó entonces una puntita de masa en la uña del dedo meñique y poniédola en la pala con gran cuidado la metió al horno.

Filomena pensó: -Si de aquellos dos pedacitos de masa salieron dos panes enormes, de esta migaja saldrá un panecillo adecuado para el estómago de una pordiosera.

Pero el pan que salió esta vez era tan gigantesco que llenó todo el horno y no había forma de sacarlo.

-¿Que puedo hacer, abuela? -dijo Filomena-. Con gusto le daría este pan, pero es tan grande que no sale del horno.

Y la malvada mujer fingía un disgusto que estaba muy lejos de sentir.

Entonces la anciana, bajando tristemente la cabeza, le dijo:

-Dios la ha de castigar por ser tan mezquina. Porque usted encontró demasiado grandes todos los panes que hacía para mí. Cuando se hace bien, no hay que medirlo, hija mía.

Y las palabras de la anciana se cumplieron. Desde aquel día, en casa de Filomena no se pudo hacer pan. Pues toda la masa que entraba en el horno desaparecía.

Con el tiempo, la gente comenzó a llamar a la casa de Filomena, la casa de las manos vacías. Y en realidad, manos vacías habían sido las suyas, que negaron a una pobre anciana el pedacito de masa que cabía entre dos dedos.

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