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El Príncipe Prisionero (cuento)

Libro Almanaque 1985

En la torre blanca de un castillo vivía, solo y triste el príncipe Ignacio. Su única compañía eran un gavilán y una golondrina, pues el sirviente que le llevaba las comidas nunca hablaba con él.

Ignacio sabía que el mundo es grande y que en él vivían hombres y mujeres. Cuando era pequeño vivía rodeado de gente en el palacio de su padre. Pero esto lo recordaba como en un sueño. También recordaba a un señor de barba blanca, que un día, mientras jugaba en el jardín del palacio, se acercó y le dijo:

-Ven conmigo. Te llevaré a un sitio donde hay unos lindos peces azules que, en lugar de ojos, tienen dos caramelos.

El principito, sin saber que aquel hombre era un mago enemigo de su padre, lo siguió hasta la torre blanca, de donde no pudo volver a salir. Apenas llegaron el mago desapareció y con él desapareció también la puerta de salida. El niño lloró y gritó llamando a sus padres y por último, acabó por resignarse.

Pasaron diez años y volvieron a pasar otros diez. El criado le preparaba al príncipe las comidas; era atento servicial. Pero ya el príncipe no intentaba preguntarle nada, pues sabía que no le dirigiría la palabra. Por fortuna el gavilán y la golondrina le distraían un poco con su charla.

A menudo el príncipe pensaba cómo serían los hombres y las mujeres allá afuera en el mundo. ¿Serían generosos y justos? O, por el contrario, ¿tendrían un alma cruel y egoísta? No podía saber si estaba perdiendo al vivir apartado de la gente, o si más bien era una suerte vivir así.

Deseoso de conocer cómo son los seres humanos, un día le dijo a la golondrina: -Ve por el mundo y escucha atentamente todo lo que digan hombres y mujeres. A tu regreso deberás repetirme fielmente todo lo que hayas oído.

La golondrina salió por la ventana y se perdió entre las nubes. Después de un mes regresó a la torre y le dijo al príncipe:

-Los hombres y las mujeres son buenos y generosos. Conocí a un joven que decía a un viejecito: "No se fatigue, usted está cansado. Usted es débil y necesita reposo. Yo trabajaré por usted". Y un hermano decía a otro más pequeño: "¿Ve? Estoy a su lado para ayudarlo y protegerlo. Lo que es mío es suyo también". Un amigo aseguraba a otro: "Es un placer sacrificarme por usted". También escuché a un niño decir: "Mi madre es tan hermosa como una flor". Otro decía: "Si tuviera un avión subiría hasta el cielo a buscar una estrella para regalársela a mi padre". Y no te puedes imaginar, Ignacio, hasta qué punto conmueven las palabras de una madre. Son más dulces que la miel, más perfumadas que la rosa y más refulgentes que el mismo Sol.

El príncipe suspiró diciendo: -Qué pena tan grande no poder vivir entre los hombres de alma tan noble y generosa.

El gavilán, que era un animal maligno, se rio: -¿Estás seguro de que la golondrina te ha dicho la verdad? -le preguntó-. Eres muy inocente si le crees.

-Ve tú, entonces, entre la gente, -rogó el príncipe-. Ve y escucha atentamente todo cuanto digan.

El gavilán salió volando y regresó apenas transcurridos veinte días. En cuanto llegó le dijo al príncipe:

Los seres humanos son malvados. He oído cosas que te hubieran puesto los pelos de punta. Un hijo decía a su padre: "Déjeme en libertad, siquiera una vez. Quiero vivir a mi manera". ¿Crees, Ignacio, que los hermanos se aman, se ayudan y se respetan? Ni lo sueñes. Escuché a uno decir al otro: "Usted está robándose lo que es mío, usted se come mi parte, vive a mis costillas". Y los jóvenes, Ignacio, no respetan a los mayores. Escuché a uno decirle a un anciano: "Usted no hace más que estorbarme, Usted sólo es una carga inútil. La muerte debería llevárselo para así librarme de su presencia".

También te digo, Ignacio, que la amistad es una ilusión. Escuché a un amigo decirle a otro: "Le ayudaré, pero espero que recompense mis esfuerzos vaciando sus bolsillos". Hasta los niños son malvados. ¿Sabes cuáles son sus palabras más frecuentes?: "Usted no sabe hacer nada, yo en cambio lo sé hacer todo". "Esto es mío, pobre usted si lo toca". Y las madres no hacen más que lamentarse: "Cuántos sacrificios nos imponen los hijos. Mejor sería no tener esa carga. La vida sin ellos sería tranquila, feliz..."

-¡Basta, basta...! -rogó Ignacio, entristecido ante aquellas palabras que le revelaban la maldad de los hombres. Después, volviéndose a la golondrina le dijo:

-Amiga mía, ¿por qué me has mentido?

-¡He dicho la verdad! -se defendió la golondrina.

-¡Mentira! Yo soy quien dice la verdad -gritó el gavilán.

La duda siguió reinando en el corazón del príncipe y así pasaron otros cuantos años más de encierro. Pero un día se presentó en la torre un duende que al ver a Ignacio le dijo:

¡Oh príncipe! El mago, tu malvado enemigo, duerme en el fondo del lago. No despertará hasta que hayan pasado cuatro siglos. Por eso he venido a liberarte. Te llevaré junto a tus padres, que ya están ancianos y no hacen más que recordarte. Volverás a ver el palacio donde naciste...

El príncipe lo interrumpió diciéndole: -Sé generoso y sácame de una duda. Debo saberlo todo. La golondrina me ha repetido frases que ha oído por el mundo y que demuestran que los hombres tienen una generosidad de corazón sin límites. El gavilán, en cambio, me ha repetido frases que demuestran hasta qué punto son malvados los hombres. ¿Quién miente entonces, la golondrina o el gavilán? ¿Debo alegrarme o entristecerme más bien de la libertad que me ofreces?

-No te han mentido ni la golondrina ni el gavilán -aseguró el duende-. Hay muchos hombres malvados y muchos hombres buenos; y hay también muchos un poco buenos y muchos un poco malos. Las criaturas que son buenas y generosas como la golondrina, no escuchan más que la voz de la bondad. Los malvados, en cambio, como el gavilán, sólo oyen la voz de la maldad. Pero tú puedes estar tranquilo. Tu alma es generosa. Verás creces las rosas y los lirios en este curioso mundo de los hombres, y no te dar

El príncipe regresó al mundo de los hombres. Y, como la golondrina, sólo escuchó la voz de la bondad y fue, por tanto feliz, muy feliz.

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