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Un tipo que se pasó de listo (Cuento)

Libro Almanaque 1970

Don Arturo acostumbraba ir al mercado con su burro de diestro. Cierta vez, lo vieron dos tipos, de esos que se quieren pasar de listos. Uno de ellos, Carlos, dijo a su compañero: -Robemos el burro de don Arturo.

Dicho esto, Carlos se fue acercando poco a poco al burro. Don Arturo, que iba bien distraído, ni notó esto. Con maña y paciencia, Carlos soltó el burro y se puso él mismo la jáquima.

-Pero, ¿qué hace usted aquí? ¿Dónde está mi burro?

-Bueno, yo soy, digo, ... yo era el burro - dijo Carlos.

Explíqueme usted algo, por vida suya, porque no entiendo nada de lo que está pasando.

-Es una larga y triste historia - contestó Carlos mientras se quitaba la jáquima. Una vez que me emborraché, imaginese qué crueldad, tuve el atrevimiento, ¡ay Dios!, no quiero ni recordarlo. El caso es que le pegué a mi propia madre. Pero no quedó sin castigo mi maldad. Poco tiempo después me vi convertido en burro. Usted me compró y no puede negar que le he servido de mucho.

-Ahora soy yo el que me siento aturdido - djo don Arturo, pero... gracias a Dios ya usted recobró su figura de cristiano. Vaya pronto, vaya pronto donde su madre que se alegrará de verlo de nuevo.

Cuando don Arturo llegó a su casa, le dijo a su esposa:

-Has de creer que el burro, nuestro burro, era nada menos que un cristiano que estaba recibiendo su castigo - y le contó todo lo que había pasado.

-¡Ave María!¡Los Tres Dulcísimos Nombres!¡Qué barbaridad! Pensar que hemos estado montando y poniendo a trabajar como un burro a un pobre cristiano.

-Sí, eso es lo que me atormenta. Pero la verdad es que estamos libres de culpa. ¿Cómo íbamos nosotros a saber que era un pobre cristiano?

Poco tiempo después, fue don Arturo al mercado a comprar otro burro. Estaba escogiendo uno fuerte y joven cuando, cuál sería su sorpresa, vio amarrado y en venta, su propio burro.

Tratando que nadie lo viera, se acercó poco a poco a él y le dijo al oído:

-Pero, ¿ya volviste a faltar el respeto a tu mamá? Espera, pobre cristiano, te compraré de nuevo y te llevaré a casa.

El amigo de Carlos fue el que se encargó de hacer el trato con don Arturo. Le sacaron su buena plata y al mismo tiempo idearon cómo seguir con este buen negocio.

Mientras tanto, don Arturo llegó con el burro a la casa. Su esposa, doña Cruz, cuando vio que venía con el mismo burro, salió a recibirlo a la puerta y le dijo:

-Idiay viejo, ¿ese no es el ... cristiano aquel?

-Sí, el mismo. Es que otra vez debe..., bueno, debe haberse portado mal.

-¡La Virgen del Carmen nos acompañe! ¿Qué vamos a hacer con este pobre?

-Será lo que Dios quiera, no te preocupes, mujer.

Así, don Arturo y su mujer, los dos de buena fe, empezaron a tratar muy bien al burro. De vez en cuando, cuando nadie lo veía, don Arturo hablaba al oído de su burro y le recomendaba arrepentimiento y paciencia.

Al poco tiempo, llegaron una noche Carlos y su amigo al lugar donde don Arturo tenía el burro. Tranquilamente se lo llevaron. Carlos se puso la jáquima y se tiró a dormir en el suelo del galerón. Al día siguiente, cuando don Arturo llegó, recibió la feliz sorpresa de ver su burro convertido de nuevo en cristiano. Lo llevó donde su mujer. Le dieron café y le hicieron miles de preguntas.

-Yo no lo vuelvo a hacer- decía el vivo de Carlos. Les prometo que no lo vuelvo a hacer. No pueden imaginarse el arrepentimiento que siento. Además, estoy muy agradecido con ustedes por lo bien que me trataron.

Poco después se despidió y fue a reunirse con su amigo. Entre risas y chistes fueron al mercado a vender el burro. Eso sí, estaban dispuestos a esperar que don Arturo lo comprara de nuevo. Efectivamente, poco tiempo después llegó don Arturo al mercado. Cuando vio el burro, sintió una profunda cólera. Se le acercó y dijo:

-¡Cómo! ¿tú aquí de nuevo? Espera, en esto hay algo raro. Te voy a comprar de nuevo y lo averiguaré.

Se lo llevó a su casa. Lo encerró y, desde ese día, lo hizo trabajar como un burro, a pesar de las protestas de doña Cruz.

Mientras tanto, Carlos y su compañero decidieron que ya era tiempo de robar otra vez el burro. Así, se lo robaron y Carlos se echó a dormir con todo y jáquima puesta.

Al día siguiente llegó don Arturo y no dijo nada. Sencillamente cogió la montura y se la puso encima. Carlos se enojó y dijo:

-Qué pasa, don Arturo, ¿no ve que me he convertido de nuevo en cristiano?

Don Arturo, sin contestar nada, siguió "ensillándolo". Como no quería dejarse, entonces cogió el látigo y le dio dos fuertes golpes. Carlos, al ver que la cosa iba en serio, se asustó y dijo:

-Vea, don Arturo, usted no puede tratar a un cristiano igual que a un burro.

-Un cristiano que se comporta como un burro, merece que se le trate igual - dijo don Arturo, al tiempo que levantaba de nuevo el látigo.

No le quedó más remedio a Carlos que dejarse ensillar. De cuatro patas, cansado y con la jáquima y la cincha bien apretadas, salió del encierro. A la menor cosa que deseaba replicar, recibía un latigazo.

-Yo lo único que quiero es hacerle un favor - dijo don Arturo. - Usted ahora es un cristiano, por lo menos puede hablar. Si yo lo suelto, se convierte de nuevo en burro; así que: ¡andando viejo!, aquí no tendrá ocasión de pegarle a su mamá de nuevo.

-Está bien, está bien -dijo Carlos- suélteme y yo le prometo devolverle su burro.

¡Ah sí!, con que ya confesó. Se da cuenta que una cosa es ser bueno, y otra es ser tonto. No sólo me devolverá usted mi burro, sino que me pagará el doble de lo que yo pagué por él. Así que, o el burro al doble o la jáquima.

Así, el bueno de don Arturo, recobró no sólo el burro, sino el doble de la plata que tuvo que pagar por él.

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