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El Príncipe Feliz

Libro Almanaque 1984

En medio de una ciudad, había un bella estatua de un príncipe al que llamaban el Príncipe Feliz. Estaba enteramente cubierta por delgadas laminitas de oro fino; tenia por ojos dos brillantes zafiros y un gran rubí rojo adornaba el puño de su espada. Era en verdad muy bella.

Una noche voló sobre la ciudad una pequeña golondrina. Sus amigas habían volado huyendo del invierno unas semanas antes, pero ella se habia rezagado persiguiendo mariposas y contemplando los juncos en el agua. cansada, fue a posarse justamente entre los pies de la estatua y cuando se preparaba para dormir, cayo sobre ella una gota de agua.

-QUé raro -dijo-. No hay ni una sola nube en el cielo, las estrellas parecen claras y brillantes y sin embargo está lloviendo.

Entonces cayo otra gota y otra. La golondrina miro hacia arriba y vio que los ojos del Príncipe Feliz estaban llenos de lagrimas y las lagrimas corrían por sus mejillas de oro.

- ¿Por qué lloras, si eres el Príncipe Feliz? -le pregunto. El príncipe le contesto: -Cuando estaba vivo y tenia un corazón humano, no sabía lo que era el dolor. Jugaba todo el día en el jardín y por la noche me divertía en el baile en el gran salón. Alrededor del jardín había un muro alto pero nunca me preocupe por saber que podía haber mas allá. Todos me llamaban el Príncipe Feliz y así lo era en realidad. Después de mi muerte hicieron esta estatua mía y me colocaron aquí, tan alto que ahora puedo ver toda mi ciudad. Entonces me he dado cuenta de lo feo y de la miseria que existe. Y aunque mi corazón es de plomo, no puedo menos que llorar. Por ejemplo allá lejos, debajo del puente, vive una pobre madre que cose todo el día y toda la noche para poder alimentar a su hijito enfermo, que llora pidiendo naranjas para aplacar su fiebre y su madre llora porque no puede darle mas que agua. Golondrina, ¿no podrías llevarle el rubí que adorna mi espada?

No puedo, -dijo la golondrina- mañana tengo que partir a encontrarme con mis compañeras. El invierno esta muy cerca y moriría de frío.

¡Golondrina, golondrinita, por favor! ¡El niño tiene tanta sed y la madre esta tan triste!

- Hace mucho frío, -Dijo la golondrina- pero que me quedare contigo una noche y seré tu mensajera.

Al dia siguiente la golondrina arranco con su pico la piedra preciosa, voló hasta la casa del niño y fue a depositarlo junto al dedal de la mujer, que se había quedado dormida de cansancio. Después voló suavemente sobre la cama, abanicando la frente del niño con sus alas. Luego voló hasta la estatua y le contó al Príncipe Feliz lo que había hecho. -Es curioso -dijo- pero siento calor a pesar del frío que hace. -Es porque has hecho una buena acción -le respondió el príncipe.

Cuando al día siguiente la golondrina le dijo al Príncipe Feliz que se marchaba, el príncipe le rogó que se quedara un día más y le llevara uno de los zafiros que le servían de ojos a un estudiante que pasaba las noches en vela estudiando mientras en el día trabajaba muy duro para poder comer. Y el otro zafiro, a una pequeña vendedora de periódicos que tenia frío y no podía regresar a su casa sin haber vendido todo porque su padre la castigaría.

-Pero te quedarías ciego -dijo la golondrina-.

-Golondrina, golondrinita, haz lo que te pido -dijo el Príncipe.

La golondrina arrancó los dos zafiros y fue a cumplir el encargo del Príncipe. Cuando regresó, el Príncipe Feliz le dijo que ya podía marcharse. Pero la golondrina le contestó que ahora que estaba ciego no podría abandonarlo. Y entonces se posó en el hombro de la estatua y le contó todas las maravillas que había contemplado durante sus viajes y además le fue describiendo todo lo que veía desde el sitio en que estaba. Al saber que todavía había niños con hambre y frío, muy cerca de la plaza, el Príncipe le pidió que le arrancara las láminas de oro y las repartiera entre los niños para que se compraran comida y leña con que calentarse durante el invierno. Así lo hizo la golondrina, hasta que el frío no la dejo volar y se desplomó muerta a los pies del Príncipe Feliz. En ese momento, se oyó un crujido dentro de la estatua y el corazón de plomo cayó al lado de la golondrina muerta. Verdaderamente hacia un frío espantoso.

Al día siguiente se paseaba por la plaza el alcalde acompañado de algunos concejales. Al llegar junto a la estatua se asustaron de lo fea que estaba y decidieron quitarla para que se afeara la ciudad. Entonces ordenaron fundir la estatua. -¡Qué cosa tan rara! -dijo el fundidor-. Este corazón de plomo se resiste a fundirse. Tendremos que tirarlo a la basura. Y lo arrojaron a un basurero, en el que también estaba la golondrina muerta.

Ese mismo día, Dios llamo a uno de sus ángeles y le dijo: -Tráeme las dos cosas mas bellas que encuentres en la ciudad.

Y el ángel le llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.

Has escogido bien, -dijo Dios- pues este pajarillo cantará eternamente en mi jardín del Paraíso y en mi ciudad de oro brillará siempre el corazón del Príncipe Feliz.

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