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El odio es peor que la muerte

Libro Almanaque 1981

La guerra azota a nuestro querido pueblo de Centroamérica, y sin embargo somos un solo pueblo. No hemos sido capaces de evitar la guerra, pero debemos intentar detener el odio que es peor que la muerte.

Una de las guerras más crueles fue la que sufrió Europa del año 1939 al año 1945. En algunos países peleaban hermanos contra hermanos y a veces parecía que el odio no podía tener fin. Sin embargo, siempre hubo gente sabia que luchó contra el odio.

Un famoso aviador francés quien fue piloto en la guerra, escribió palabras muy bellas en favor de la paz. Su nombre es Antoine de Saint-Exupéry. Conocía estas tierras y se casó con la viuda del escritor guatemalteco Gómez Carrillo.

Hemos entresacado algunos de sus pensamientos y los publicamos aquí para que nos sirvan de orientación y aliento a todos los hermanos centroamericanos en estas horas difíciles que estamos viviendo:

Mi pueblo amado, desde lo alto de este cerro contemplo tu dolor, el humo de tus ciudades y la luz de sus fuegos.

Oh Señor, ¿hacia adónde irán? ¿Hacia dónde conducirlos? ¿Qué sería del río si no buscara el mar? De generación en generación se han amado... Compusieron sus canciones, construyeron sus casas, criaron a sus hijos y colgaron el maíz de las soleras.

En los días de fiesta se reunían. rezaban y cantaban. Tenían callos en sus manos. Sus ojos miraban y se llenaban de admiración... pero luego se llenaron de oscuridad. Se llegaron a odiar. Unos a otros se despedazaron.

¿Cómo hago para comprenderlos? Ha caído la noche y se silencian las mentiras y las palabras cargadas de odio. Duermen las pasiones y los cálculo egoístas. Se calman las envidias.

Y ahora, en el silencio de la noche, mis ojos ven los trabajos que han comenzado. De mi inmenso amor renace una esperanza. De todos los sueños, tan distintos unos de otros, de todas las esperanzas, tan ajenas unas a otras, se va formando poco a poco como un solo fuego, un solo futuro para mi pueblo. Pero pocos serán los que lo puedan ver. No lo verá el avaro, ni el vago, ni el verdugo. Lo verá el pastor que arrea los animales hacia el agua, o la mujer en trance de parto o el viejecito que se ha entregado a su agonía. No lo verán... los que no saben esperar ni escuchar. Yo también, cuando he tratado de ver todo de cerca, cuando he tratado de analizar a mi pueblo, sólo he visto cobardía, estupidez y avaricia.

Pero desde aquí, con los ojos nublados por el llanto del amor, veo que los odios, las torturas, las condenas y todo el dolor, es como el crujir de las maderas de un solo barco que a pesar de todo avanza unido a través del mar de la vida...

Ilumíname Señor! Dame sabiduría para ayudar a reconciliar. Dame un amor tan grande que pueda aceptar los deseos, las ansias y esperanzas de todos. Enséñale a mi pueblo por fin un camino nuevo. Un camino que sea esperanza para todos.

Trabajar para la paz es como construir un inmenso galerón en el que se pueda refugiar todo el rebaño. Es como construir un inmenso palacio para que en él se pueda reunir todo el pueblo sin que nadie tenga que dejar afuera sus ilusiones.

Construir la paz es alcanzar de Dios que preste su manto para cobijar a todo el pueblo con todas sus ilusiones y esperanzas. Pues El es como una madre que ama a sus hijos: ama al temeroso y delicado; ama al que es valiente y atrevido; ama también al jorobadito, el que a todos estorba. Así, todos, con todas sus diferencias, mueven el corazón de Dios y todos son parte de su gloria.

Pero la paz es como un árbol que crece lentamente. Es un árbol que necesita más luz de la que yo tengo. Yo sólo puedo escoger o rechazar. Trato de ser justo según mi pequeña sabiduría. También mi enemigo trata de ser justo según su entender y cuando nos empeñamos cada uno en tener la razón, alimentamos la guerra.. Pero tanto mi enemigo como yo buscamos a tientas y en la oscuridad el mismo fuego. Solamente en Ti, Señor, nos podemos encontrar. En la soledad más profunda de mi amor, subí al cerro esta tarde y por el camino venía llorando una niña. Con mis manos levanté su cabecita para leer en sus ojos y su pena me dejó ciego. Si me niego a conocer su dolor, estaré rechazando una parte de la vida y no cumpliré mi obligación. No es que quiera abandonar la lucha por mi pueblo, pero se trata de consolar a esta niña. Pues también ella llega la carga de la miseria y la gloria de este mundo.

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