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El Vestido Invisible (cuento)

Libro Almanaque 1973

El Vestido Invisible

Vivía un rey, tan, pero tan vanidoso, que la vida se le iba en pensar qué vestido o qué joyas, o qué zapatos nuevos se pondría al día siguiente. Y en verdad, que el rey era el hombre más elegante y bien vestido de todo el reino.  Pero, lo único que le interesaba en la vida era eso: un vestido nuevo.

Vivía por ahí, en ese mismo tiempo, un hombre a quien decían Jorca. Nadie sabía por qué le llamaban así, ni aun él mismo. El caso es que Jorca era inteligente, atorrante y un tanto 'caradura'. Le gustaba burlarse de todo el mundo. Pero a pesar de hacer fechorías muy a menudo, en el fondo, no era mala persona.

Cuando Jorca supo que el rey pagaba cualquier cosa por un vestido, tuvo una idea que no le contó a nadie.

Días después llegó al castillo del rey vestido de una manera muy extraña. El guarda del castillo le preguntó qué deseaba.

- Vengo de tierras muy lejanas a ofrecerle a tu rey el más maravilloso vestido que nunca jamás haya visto en su vida.

Al oír esto, el guarda lo pasó adelante y le avisó al rey. El rey estuvo dispuesto a recibirlo al momento. Jorca llegó donde el rey haciendo mil reverencias.

-No, señor, - dijo Jorca – yo no traigo el vestido. Yo lo sé hacer. Pues ha de saber que soy el mejor sastre de toda la Tierra. He vivido en muchas tierras. He cosido muchos, pero muchos trajes de reyes. El que a ti te ofrezco es tan maravilloso, que sólo las personas honestas, honradas y que nunca hayan mentido serán capaces de verlo. Pero será tan brillante como el sol y tan bello como la luna. Claro, usted comprenderá, señor rey, que para hacer un vestido semejante yo necesito muchas cosas.

- Te daré lo que quieras – dijo el rey muy entusiasmado. - Puedes pedirme cualquier cosa que yo te la daré, con tal de que termines ese traje para el día del gran desfile.

- Bien, primero que nada – dijo Jorca dándose aires de persona muy importante – necesito encerrarme durante 8 días en un cuarto bien grande, con muchas comodidades y que nadie, absolutamente nadie me moleste. El desayuno, el almuerzo y la comida me la traerán a la puerta del cuarto. Ah, y otra cosa, necesito varias botellas del mejor vino. Al final, cuando ya el vestido esté terminado, si a usted le gusta, señor, me dará cuatro bolsas de oro. Si no le gusta, no me pagará nada. Está de acuerdo con mis condiciones?

- Desde luego – dijo el rey – pero, no necesita hilo, tela y …

- No, sólo aguja y tijeras. Ese es mi secreto. El hilo y la tela yo los pongo – dijo Jorca.

Bueno, el caso es que Jorca se instaló muy bien en el enorme y cómodo cuarto que le dieron en el palacio. Comía, bebía y dormía feliz. Allí pasó ocho maravillosos días. Nadie llegaba a molestarlo. No se le permitía entrar a nadie.

Al cabo de los ochos días, el rey en persona llegó a tocar la puerta. Venía con todos sus empleados de confianza.

Jorca abrió la puerta y, con mil aspavientos, pasó adelante al rey y su comitiva.

-Pase, señor, sólo me falta un último detalle – dijo mientras se arrimaba a un gancho de colgar ropa a hacer como que pegaba o arreglaba algo.

Luego, retirándose un poco hacia atrás dijo:

-Vean, no es maravilloso este vestido? - Claro que nadie vio absolutamente nada, pues no había tal vestido. Sin embargo, todos recordaron las palabras del sastre: “sólo lo verán los honestos, honrados y que no hayan mentido nunca”. Entonces, todos, en cuenta el rey, dijeron que el vestido era maravillosamente bello.

- Entonces -dijo Jorca- si usted está contento con el vestido, yo puedo cobrar por él.

- Desde luego – dijo el rey – traigan las cuatro bolsas de oro y se las entregan a este maravilloso sastre.

En efecto, trajeron las bolsas de oro y se las entregaron al sastre.

Jorca en persona ayudó al rey a quitarse el vestido que traía y empezó a hacer que le ponía el nuevo vestido.

- Un momento, ese lazo no va de ese lado, va aquí – dijo Jorca haciendo como que amarraba un lazo en el hombro izquierdo del rey. Al rey le dio frío y durante un instante dudó del vestido. Miró al secretario de toda su confianza y le preguntó: - Tú ves el vestido? Dime la verdad.

El secretario sabía que había mentido mucho en su vida. Por eso contestó:

- El vestido es maravilloso!

Todos los presentes sufrían de ver al rey en ropa interior, pero, todos dijeron que el traje era muy bello.

Poco tiempo después empezó el desfile. El rey iba en un hermoso coche con caballos. Había corrido la noticia de que el rey venía con un vestido maravilloso que sólo los honestos y honrados que nunca habían mentido lo podrían ver.

Iba ya el desfile por la mitad del camino, cuando, una niña dijo:

-Mamá, por qué va el rey en camiseta?

El rey la oyó y compredió todo. La niña era honesta y no conocía la mentira. La niña era la única que se había atrevido a decirle la verdad.

El rey se puso furioso y mandó a opresar a Jorca. Cuando los guardas llegaron al castillo, sólo encontraron una carta dirigida al rey.

El rey abrió la carta y leyó:

-Sé que usted está furioso por el engaño. Usted puede mandar sus guardas a buscarme. Pero, piense bien, quién lo engañó más: sus amigos que le permitieron salir sin vestido a la calle, o yo a quien usted ni siquiera conoce? Si quiere castigarme a mí, más debería castigar a sus servidores y amigos. Pero yo creo que lo que usted aprendió hoy bien vale cuatro bolsas de oro.

Cuando el rey terminó de leer esta carta, comprendió que Jorca tenía razón. Desde ese día, en vez de escoger trajes y joyas, se dedicó a buscar amigos y servidores honestos para su reino.

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